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miércoles, 13 de abril de 2011

Un viaje pagado a medias en el bus de la memoria.

Develar en la oscura bruma del tiempo recuerdos ya casi imperceptibles puede constituir una empresa complicada; sin embargo, el proyecto no da espera y el retrovisor desempañado ya con jabón en polvo y agua de la memoria solidifica las imágenes de otrora.

La iniciación, más allá de incentivar trunca con Nacho  la inmensa gama de posibilidades de aventura que pudo  plantear en aquel momento la experiencia lectora. Un cóndor desdibujado y agonizante en la cima del escudo nacional observaba con desdén al desobediente Rin Rin Renacuajo repetir: ca-sa, mi-sa, iglesia, dios, pan…al evadir a su mamá.  La situación, al no haber un referente que me exhortara  a buscar la lectura por sus posibilidades de disfrute estético o que como mínimo propiciara en mí aquél afán por entenderla  como hechizo, no podía ser menos prometedora.
Con los años los libros no dejaron de ser sinónimo de obligación, deber y “laburo”, perspectiva agravada  a voluntad docente por  una carga compuesta de los ladrillos de auto-superación más variopintos e ineficaces que hayan podido caer en mis manos. Sin embargo, al cambiar de institución y de espacio geográfico, de un terruño provincial a la adolescente  Bucaramanga, los textos ofrecidos en la academia se tornaron más interesantes y una vez concebidos como vehículos portadores de mil y una maravillas  fui utilizado y alterado por La Divina Comedia y el Poema del Mio Cid, singular experiencia en la que viajé de mundos inconcebibles a  la remota y caballeresca  España medieval; finalmente, el último grado del bachillerato no ofreció mucho o nada que rescatar. (Sí, nada de eso, ni Cien Años de Soledad, Ni María ni nada del “canon” se me instó  a trabajar y mucho menos a leer en el colegio)

Vagando por el asfalto caliente de este “pueblo con semáforos”  tropecé, alimentado seguramente por los cuestionamientos naturales del recién graduado, con el ya clásico de los jóvenes bumangueses  Andrés Caicedo, el caleñito tan amante de los Rolling Stones como de Richie Ray y Bobby Cruz, y en la intimidad de “Que viva la música”, “Angelitos empantanados”, “Calicalabozo” y “El cuento de mi vida” me aguzé porque me estaban velando y como queriendo imitar a los desdichados lectores de sus historias me puse a buscarle el ojo perdido al Gato Negro de Poe y a preguntarle a Wikipedia quién demonios era ése H.P Lovecraft.
La tentación no dio espera  y más ansioso que el adicto al “H”  arranqué la búsqueda de lo que por esos días consideraba “las rarezas que debemos leer las personas de mi edad antes de ser absorbidos por los textos académicos de la universidad” porque a esas alturas ya había entrado a esta sin saber exactamente en qué me había metido. Una vez en el “Alma Máter” la posibilidad de compartir con otros consideraciones básicas de lo que se leía, los recomendados aumentaron y fueron apareciendo los muy mentados nadaistas: Gonzalo Arango a la cabeza, Jota Mario Arbeláez, X-504 que no era una placa de carro sino un poeta, Eduardo Escobar, Elmo Valencia que prefería posar como el “Monje Loco”  y otros que no recuerdo en esa polivalencia de voces de aquel movimiento antinuclear. Más tarde y a la par de las tragedias griegas que conocí tan tarde en la cátedra de su mismo nombre fueron apareciendo los Trópicos de Miller y obviamente la suave voz de A. Nin y su Diario número I (libro en facultad de préstamo que no he devuelto) y Sexus de la Crucifixión Rosa.

Una vez “superada” la era Henry Miller aparecen las rarezas nacionales ampliamente criticadas por mis docentes del área de literatura: Veinticinco centímetros de Rubén Vélez y Opio en las nubes de Chaparro Madiedo, trabajos con propuestas  narrativas diferentes que me dotaron de  aires nuevos  en ese afán por la lectura y la fabulosa experiencia que esta constituye. Finalizo copa en mano al estilo de  Charles Bukowski brindando en vino rojo por Baudelaire, Rimbaud y las descabelladas pero apasionantes salidas de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

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