Digámosle Gato, su mirada aguzada y el hábil desplazamiento del que hace gala en la vía no pueden propiciar un mote distinto. Unas cifras que poco dicen al transeúnte desprevenido de la intersección más congestionada de Bucarica (allá al sur de la ciudad) constituyen su labor. Al mejor estilo de un vigía: estira su nuca, protege sus ojos del sol con la palma de la mano y con una voz gruesa, de tanto grito dice él, le da razón al conductor de la ruta Girón-Cañaveral que su compañero pasó hace diez minutos y avisa, si la velocidad de su interlocutor lo permite, si quien pasó primero llevaba prisa, iba con el cupo lleno o si por el contrario avanzaba “a vuelta ´e rueda” con la seria intención de que con el tiempo a su favor más usuarios salgan a su paso y aborden el vehículo. La misma operación se repite con rutas convencionales como Limoncito-UIS, Andes / Cra 21 y Caracoli- Centro por no mencionar otras.
Gato habla orgulloso de su paso por un servicio militar que le obligaron a prestar, de como allí conoció la marihuana, la inclinación de las chicas de pueblo por los uniformes y su “humana condición” de no soportar órdenes de nadie. Por eso cuenta entre risas que los intentos en zapatería, carpintería y finalmente construcción fueron infructuosos por su misma propensión a hacer caso omiso a lo que se le ordena; dice que cualquier figura de autoridad, sobre todo cuando de plata se trata, le causa molestia y que de ahí viene su afán de independencia, pues en lo que hace: - “Nadie me dice a qué horas entro, a qué hora salgo y mucho menos si lo hago bien o mal”. Es posible pensar que al no gustarle las órdenes, la forma en la que adquiere su sustento es desordenada; por el contrario, su oficio desde los distintos nominativos que le han impuesto da razón de un orden, es así como se les llama calibradores, planilladores y controladores entre otros.
Sus instrumentos de laburo quizá hagan sonrojar a quienes se aventuran en el camino de la escritura, muchas hojas de papel y un lapicero lo acompañan en esa jornada que sabe arrancar a las 6:30 AM porque –“ la primer hora pico es esa mi hermanito, entre trabajadores y estudiantes llenan los buses y busetas, y al ser Bucarica un sitio estratégico por su cercanía al lugar de donde salen, aquí les informo los tiempos que los separan de sus compañeros y saben si apretar o bajar la velocidad para buscar el primer cupo completo del día, la guerra del centavo papá” . Al indagarlo sobre el monto que recoge en el día no puede oírse una respuesta distinta a la que acuden la mayoría de los que se consideran trabajadores informales, - “todos los días es diferente, el clima influye mucho, si es un día lluvioso es muy jodido y me saco unas 12 barritas pero si lo que hay es mucho sol, ya notará usted en mi cara las consecuencias, puedo cuadrarme las 20 lucas, en esta vuelta todo está en andar trucha y si es posible cambiarle moneda a los choferes y ahí es otra entradita”
De entradita en entradita Gato paga su habitación en el sector donde ya se le conoce por llevar varios años en un oficio, del que se precia haber sido el primero el Floridablanca tras haberle parecido muy común en Bogotá durante el último viaje que realizó hace unos 8 años. Así con su cara roja y una sonrisa gigante salta de lado a lado de la calle sorteando el tráfico; una vez realiza la misma operación de la mañana a medio día, corre a por un almuerzo corriente, reposa un rato y en el lapso que no está en su “oficina” un adolescente ocupa su puesto que al contrario de Gato recibe de inmediato su retribución ,pues los conductores saben que su estadía en ese lugar es momentánea mientras que para “pagarle” al dueño de ese sitio, los clientes de su servicio esperan las horas del atardecer y así entre sumas que oscilan entre los 200 y los 2000 pesos (seguramente producto de quienes abordaron el bus por la puerta de atrás o por encima de la registradora) quienes manejan los buses retribuyen el trabajo del Gato y este sonríe amablemente a sus cómplices, pues ellos entendieron que está ahí, tan indiferente como un auténtico felino con su dueño, ese gato del cruce de Bucarica porque no soporta que alguien intente amenguar su posibilidad de pequeña libertad.
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