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lunes, 20 de febrero de 2012

Didáctica II

Lusitania: Cra 33 - UIS
Si se trata de ordenar metódicamente el jodido procedimiento de levantarme, es menester presentar  como personaje inicial y casi que antagonista a mi Android (¿?) 1100 con servidor- linterna, pues en él y sus “múltiples” luces verdes estalla la más agónica melodía que suspende la ilusión de Morfeo. 6:30 y  rompe  en sonidos estridentes,  onomatopeya que  me es imposible organizar, el animal que arriba he presentado; -tan viejo y tan gritón- susurro mientras mentalmente puteo la necesidad de responderle a ese compromiso familiar de graduarme con prontitud – hecho que ya asociaron con la cercanía de mis 25 y que ya no apuran tanto-;  pero, como la ducha de gato no da espera, me apresuro al abordaje del chorro que le da un poco más de ilusión  al día que arranca y, pensando en líneas bizarras, olvido el terrible asco con el que me levanté. (Sí, nunca me levanto de buen humor)
Un tinto “respon” y el medio vaso de Tarrito Rojo, que nadie cree que tomo, son los alicientes necesarios  para emprender travesía tan compleja como abordar un animal de 6 llantas que a esa hora arremete  “ombligo con ombligo y pechito con pechito” contra el bienestar natural del habitante común. Camino de más para conseguir una silla, porque eso sí con ese genio es menester arrimar las rodillas a los codos para leer “par” líneas en el camino, de lo contrario los perfumes variopintos no solo se agarran con mi alergia mañanera, sino que resistir al tipo de Olímpica Estéreo amarrado a su frase insigne “pegados a la mermelada”  podría, por qué no, generar una de esas masacres tan comunes en los países del norte o de muy al oriente.
Como voy sentado porque caminé casi hasta el lugar del que sale o se despacha mi amiga de 20 puestos, observo la lucha de la estudiante de “Eforsalud”  por sentir ultrajada su epidermis en  menor medida y pienso que debería dejar su afán, pues una cuadra más allá se baja todo el mundo; hasta mi mamá parece un jaboncito, apenas desfila por ese pequeño pasillo porque se desliza en la media que empuja y exige su espacio. Mamá debería ayudar a la auxiliar de enfermería en su huída  y por ahí derecho presentármela, pues  llevo interrumpiendo mi lectura de bus hace 3 meses en ese afán de determinar en qué parte del barrio, que casi no camino, la he visto.
En fin, San Pio y sólo estudiantes adormilados copamos ese hermoso afán por no acabar las buseticas que tanto han andado. Me da sueño y sé que dormiré mínimo hasta el Batallón; duermo porque el “fercho”, cómplice de la diferencia de los habitantes de su espacio, le baja a su radio y apretando la mentira literaria que abracé desde que me embarqué, sueño con  afrontar la dura empresa de bajarme en la 25 con 9° y no regresar a casa, pues allí ya no hay quién me  recrimine por un presunto  regreso, todos están cumpliendo sus diferentes obligaciones.  ¿Usted no ha pensado seguir? ¿Jamás pensó en regresar y dormir hasta las 11:59, hora en la que los que te impulsaron a salir a las 7:00  estén por llegar?
Sucumbo ante el deseo de volver a casa en el recorrido de vuelta y mientras compro algunos dulces de tamarindo me doy cuenta que, una vez más, dejé el carné en la mesita de noche.

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